Espacio destinado a la divulgación de mi obra poética. También muestra algunas de mis preferencias literarias, musicales, cinematográficas o artísticas en general.



viernes, 19 de mayo de 2017

DESLUMBRANTE RAVEL POR TRIFONOV

 
Maurice Ravel
¿Existe algún concierto para piano más bello que el Concierto en sol mayor de Ravel? Por supuesto que muchos dirán que sí, que el Cuarto o Quinto de Beethoven, cualquiera de los de Mozart, el Segundo de Brahms, el de Grieg, el Primero de Chopin, el Segundo de Rachmaninov…puede que hasta los de Bela Bartok. Cualquier opinión alternativa aduciría sus lógicos argumentos, claro está, porque la belleza es materia inaprensible, y si abrimos la espita de la innegociable equivalencia entre belleza y perfección de la obra de arte, puede que la nuestra saliera perdiendo. No obstante, para mí existen unas cualidades decisivas en mi entendimiento de la condición de lo poético: la aquilatada síntesis de ideas, la suspensiva —acaso paralizante— intensidad emocional del movimiento lento, el perturbador ritmo, la tornasolada y por momentos abrupta disposición de los colores… son rasgos que confluyen asombrosamente en nuestra partitura. Una madurez en estado de gracia junto con un planteamiento ecléctico que de ningún modo empaña su irreductible personalidad. Los ritmos y colores jazzísticos, la sensualidad más propia del blues, la pátina de cariz impresionista, el espeluznante lirismo del Adagio assai central —¡ay, ese maravilloso solo del piano que acaba siendo interrumpido por una flauta de otro mundo!—, la elegancia no exenta de bravura que recorre toda la obra, la precisa duración expositiva de sus motivos, terminan por conformar la base de mi decantada preferencia.
 Aclarado lo cual, ahora introduzco una segunda pregunta: ¿es Daniil Trifonov (Nizhni Nóvgorod, Rusia, 1991) el mayor fenómeno pianístico acaeciado en los últimos veinte o treinta años? pues creo que no es para nada arriesgado afirmar que es muy posible. Su acercamiento al concierto de Ravel el pasado martes 16 de mayo fue de quitar el hipo. Una técnica y poderío arrolladores —¡qué manera tan apabullante de desplazarse por el teclado, minimizando el más intrincado escollo!—, una intensidad y colorido refulgentes y un aliento expresivo en su punto justo, pusieron todo de su parte para ofrecer una respuesta afirmativa a la cuestión. Acompañado por la excelente Staatskapelle de Dresde, bajo la batuta de su titular Christian Thielemann —severo, adusto y germánico donde los haya, pero sabiendo extraer mucha enjundia de la orquesta, con esa técnica apoyada en su particular movimiento de la mano izquierda: más movimiento de dedos y mano que de brazo, acaso al estilo de antiguos maestros (¿Klemperer?)— obtuvo un inconmensurable éxito entre las deplorables toses, ruidos, caídas de programa, intempestivas desenvolturas de caramelo y algún pitido sospechoso de móvil, que ponen en entredicho la competente adecuación de un público sin cuyo nivel adquisitivo, por otra parte, no se podría disponer en Madrid de un ciclo de primer nivel internacional como es el de Ibermúsica.  

Daniil Trifonov
© Álvaro César Lara, 2017 - Todos los derechos reservados

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