Espacio destinado a la divulgación de mi obra poética. También muestra algunas de mis preferencias literarias, musicales, cinematográficas o artísticas en general.



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lunes, 4 de julio de 2016

LA FILARMÓNICA DE VIENA


 Muchos, muchísimos discos y retransmisiones ha escuchado uno con la Wiener Philharmoniker de protagonista junto a los más conspicuos directores de la Historia. Grabaciones buenas o muy buenas, referenciales en muchos casos, que nos han servido de impagable guía para la comprensión de infinidad de obras. Su ideosincrática elegancia y perfección sonora son señas de identidad de una formación mítica, cuya dimensión trasciende el fenómeno musical para erigirse en icono y orgullo de un país. Incluso quienes no sienten ningún apego a la música clásica saben de la existencia de esa orquesta que todos los años, a ritmo de vals y de polka, nos da la bienvenida desde una ornamentada sala rectangular de estética kitsch a la que asisten bastantes japoneses.
   Para cualquier melómano, pues, encontrarse con estos músicos constituye un codiciado privilegio, máxime si nunca antes ha tenido ocasión de hacerlo. Y en tanto no haya podido cumplir su sueño, puede caberle la duda de si aquello realmente será tal como se lo imagina, de si a lo peor un exceso de mitificación contribuirá en última instancia a defraudarle, y también de si la orquesta, con permiso de las óptimas cualidades del auditorio madrileño, sonará con idéntica excelencia una vez alejada de la legendaria acústica de la Musikverein.  
   Pues bien, desde el mismo arranque del concierto, con la obertura Coriolano de Beethoven certificamos la sensación de hallarnos frente a algo insólito: ese aquilatado estilo en que la milagrosa afinación de la cuerda pone las bases de un sonido transparente, terso, de una muy cálida y radiante perfección, donde todos los instrumentos, al tiempo que sublimemente conjuntados, pueden apreciarse en su más perfilada individualidad. Todo lo cual se confirmó, y de qué modo, en el poema sinfónico Muerte y transfiguración, de Richard Strauss, donde el portentoso dominio orquestal de este autor fue inmejorable vehículo para el apabullante lucimiento de la Filarmónica. Ejemplo de la idea que exponemos lo tuvimos en la soberbia intervención del primer violín, tanto en los bellísimos episodios solistas como dentro del conjunto: siempre se podía percibir su atractivo aire salonier, rayano por momentos en un legítimo y seductor decadentismo.          
 
  El programa incluía en su segunda parte la grandiosa Sinfonía número 1 de Brahms, compositor cuya admiración por mi parte va creciendo con el tiempo. Y precisamente admiración, asombro, deslumbramiento y cuanto de elogioso quiera añadirse, es lo que entonces presenciamos. Podría realizar al respecto una extensa enumeración de detalles, pero me basta con señalar el maravilloso fraseo de impronta beethoveniana del primer movimiento, la insuperable elegancia del Andante sostenuto o la formidable prestancia de ese tercer movimiento encadenado sin pausa al majestuoso esplendor de los temas que conforman el cuarto, y que pusieron fin, sin temor alguno a equivocarme, a la más espeluznante de las interpretaciones en vivo que de esta obra maestra jamás haya podido degustar. 
 Incluso hubo más: el director, a la sazón el británico Jonathan Nott —en el día del lamentable brexit— nos obsequió con una preciosa versión de la exquisita Danza eslava op. 72 nº2 de Dvorak (obra que yo no reconocí, si bien, perdiendo la verguënza, me atreví a preguntarle a la salida a Arturo Reverter, quien amablemente me lo sopló). Espléndido epílogo éste para una de esas escasas experiencias que alcanzan el culminante estatus de lo imperecedero.

Wiener Philharmoniker
Director: Jonathan Nott
Obras de Beethoven, Richard Strauss y Brahms
Madrid, Auditorio Nacional, 24 de junio de 2016




© Álvaro César Lara, 2016 - Todos los derechos reservados

sábado, 25 de junio de 2016

UN RÉQUIEM ALEMÁN


Selig sind, die da Leid tragen,
denn sie sollen getröstet werden,
Die mit Tränen säen.
werden mit Freuden ernten.

Bienaventurados los que sufren,
porque ellos serán consolados.
Los que con lágrimas siembran,
habrán de cosechar con alegría


 Finaliza la presente temporada de la OCNE con la programación, a las órdenes de David Afkham, de esa tan singular misa de difuntos que nos dejara para la eternidad Johannes Brahms. Ya el mismo título de la obra, Ein deutsches Requiem (Un réquiem alemán), es peculiar y remarca el propósito del maestro de alejarse de la ortodoxia litúrgica. En efecto, como es bien sabido, al escoger bajo un muy subjetivo criterio diversos pasajes de la Biblia (en su traducción luterana, obviamente) Brahms tuvo que enfrentar severas reticencias de las autoridades eclesiásticas para el estreno de la obra, el cual tuvo lugar, en una primera versión no definitiva, allá por la Semana Santa de 1868.

  Pues el deseo del compositor era, espoleado por sus propias circunstancias biográficas (la muerte de su madre y anteriormente la de su venerado Schumann) promover una visión más luminosa y esperanzadora del hecho de la muerte, otorgándole un sentido religioso sí, pero con un sesgo acaso más “para la humanidad”, como él mismo expresó. La aproximación mayoritariamente tenebrosa difundida por la tradición quedaba así relegada en beneficio de aspectos más confortadores, como la resignada serenidad ante lo inevitable (Pues toda carne es como la hierba (…) y aquí no tenemos una morada permanente) o el animoso consuelo proporcionado por la fe (Ahora estáis afligidos / pero volveré a veros / y vuestro corazón se alegrará / y nadie os arrebatará vuestra alegría). 

Amanecer en Córcega. (Foto: Beatrice Castoriano)
 Afkham enfatizó considerablemente tal carácter afirmativo de la obra, en una interpretación —sin batuta— cuajada de vigor e intensidad. Para ello no puso objeción a las expansiones corales, plenas de una efervescencia frenada acaso por la menor calidad de las voces masculinas del orfeón. Vitalidad y acusado pulso narrativo que se tradujeron en una palpitante respuesta emocional por parte de un público entregado. Los solos de oboes y flautas resultaron de una musicalidad muy expresiva, aspecto que ha ido mejorando desde que el nuevo director se hizo cargo de esta orquesta; y las dinámicas estuvieron bastante bien reguladas, logrando emotivos clímax. En cuanto a los dos solistas, nos gustó más el barítono Matthias Goerne —excelso dominador del lied que declamó con acertada intención dramática; mientras que la magnífica soprano Dorothea Röschmann, colocada en el centro del coro, quizá estuvo algo destemplada.
  He leído alguna crítica con reparos frente a este modo de concebir la obra. Si bien hubo, como no puede ser de otra manera, aspectos técnicos mejorables (claridad textural no siempre conseguida, coro en ocasiones algo gritón), soy de la opinión de que en la música, ante todo, debe primar el aspecto emocional, y bien merece la pena hacer concesiones técnicas si es en aras de un esclarecedor y edificante tributo a la vida. 

© Álvaro César Lara, 2016 - Todos los derechos reservados