Espacio destinado a la divulgación de mi obra poética. También muestra algunas de mis preferencias literarias, musicales, cinematográficas o artísticas en general.



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sábado, 25 de agosto de 2012

HOPPER EN MADRID

Whitney Museum of American Art, Nueva York.
Self-Portrait, 1925-30 
 En esta tarde calurosa de agosto sale uno de la exposición de Hopper algo aturdido por tal sucesión de imágenes y colores, por esa especial emoción que surge al podernos comunicar sin intérprete con no pocos cuadros que hemos visto tantas veces reproducidos, y tantas veces nos fascinaron.
  Y es que las pinturas de Hopper alcanzan un alto nivel de confidencialidad sensorial con el espectador, como si nos colocase delante de un espejo donde poder contemplarnos en determinados momentos de nuestra vida –si no en el presente–, pues ¿quién no se habrá sentido alguna vez tal alguno de esos personajes cavilantes en la intimidad de una habitación –Morning Sun, Hotel Room–, meditando solos o acompañados con la mirada perdida frente a un ventanal? 
Gas, 1940
  Ese enfoque tan privado, que recuerda a las escenas interioristas holandesas –Vermeer, Rembrandt, Hals– reduce encuadres y personajes a lo esencial para desnudar la realidad anímica que nos muestra. En esa operación, el minucioso juego constructivo entre luz y espacio contribuye a la caracterización psicológica de una atmósfera existencial que apela a la subsiguiente reflexión. Así, el gasolinero de Gas o Four Lane Road, que seguro que habremos visto en alguna película, nos hace partícipes de una soledad o aislamiento que pueden ser nuestros o no, pero que en todo caso inducen un sentimiento inmediato de identificación. Otras veces, unas vías de ferrocarril –Hotel by the Railroad–, un penumbroso callejón –New York Office– o una oscura arboleda de fondo –House at Dusk, Portrait of Orleans– contribuyen a la configuración de un estado de inquietud o desasosiego.
First row orchestra, 1951
  A propósito de este pintor es tópico señalar la cualidad narrativa de su obra. Su pintura invita a la participación, a rellenar los huecos de un relato sugerido o esbozado, a preguntarnos sobre qué están hablando los personajes de Conference at Night o qué historia se esconde detrás de esas parejas en New York room o First Row Orchestra. Por eso esta exposición anima sobremanera al comentario, pues todos somos convocados a intervenir, incluso como protagonistas de la trama.
Rooftops, 1926
  En ocasiones, la producción de Hopper, a mi juicio, adolece de un exceso de estatismo, de una cierta rigidez y fría solemnidad que no siempre convienen: en este sentido es curioso observar cómo un pintor que domina estupendamente la luz y la perspectiva puede pintar de forma tan poco convincente el vaivén de las olas del mar. Tales reparos, sin embargo, no empañan el que en mi opinión es el mayor acierto del artista: dejarnos cara a cara privativamente frente a la estampa de una realidad cotidiana o paisajística, situándonos en el mismo lugar de ese otro espectador ficticio que observa lo mismo que nosotros. Cosa, además, a cuya eficacia contribuye el hecho de que en el imaginario del observador actual está plenamente asimilada su iconografía, sobre todo a través del cine y del resto de artes visuales, cuya relación simbiótica con la obra del norteamericano está suficientemente estudiada.    
  No me queda más, pues, que recomendar francamente la visita de la exposición. La muestra reunida es abundante, al punto de que quizá requiriese de un descanso a mitad de itinerario. Por mi parte, a pesar de ello eché de menos dos cuadros que desde siempre conservo en mi recuerdo: el célebre de la cafetería de noctámbulos –Nighthawks– y el de Rooms by the sea, que en tiempos tuve como fondo de escritorio en el ordenador.

EDWARD HOPPER (1882-1967)
Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid
Del 12 de junio al 16 de septiembre de 2012


© Álvaro César Lara  -Todos los derechos reservados