Espacio destinado a la divulgación de mi obra poética. También muestra algunas de mis preferencias literarias, musicales, cinematográficas o artísticas en general.



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jueves, 17 de octubre de 2019

MIENTRAS DURE LA GUERRA


Karra Elejalde como Unamuno
No es en absoluto sencillo, ni carente de riesgo, abordar desde la ficción asunto tan traumático como el de la Guerra Civil Española, responsable aun a día hoy de viscerales diatribas, a menudo entabladas más sobre la base de la historia familiar de cada uno que de un desapasionado y riguroso análisis de los conflictos desencadenantes de la tragedia. Y aún menos lo es utilizar para tal cometido, como gozne metafórico del conflicto entre las dos Españas, una figura tan proteica e irreductible como la de Miguel de Unamuno, que tuvo, entre otras vocaciones, las de filósofo, catedrático de griego, polemista, viajero, concejal, novelista, dramaturgo y poeta, todas ellas presididas por su radical incorformismo.

Conocido es el unamuniano cambio de postura frente al alzamiento nacional, desde su incipiente apoyo a su muy pronta retractación, si bien, como todo en él, nada es pacífico ni monocolor, sino naturalmente cuestionado y no exento de paradojas. A ello se suma que el fallecimiento de don Miguel a poco de declararse la guerra —el 31 de diciembre de 1936— impide una completa contrastación de su pensamiento a la luz de los hechos.

En efecto, en un primer momento apoyó la sublevación al mando de aquella junta militar, atribuyéndole un destino pacificador y transitorio, pero tanto antes como depués de hacerlo mantuvo la suficiente equidistancia para denunciar los excesos de hunos y de hotros, aun desde la lealtad al régimen republicano. De ahí que apoyarse en su figura, pese al riesgo que señalábamos antes, constituya también un remarcable acierto.

No se trata aquí, sin embargo, de enjuiciar las simplificaciones —inevitables en el cine histórico— e inexactitudes —tolerables en la medida que atenten más a la letra que al espíritu— de la película de Amenábar, sino de ponderar el valor fílmico de una obra que plasma el turbulento discurrir de aquellos primeros días de la contienda. El asunto troncal, sea como fuere, no se puede calificar en algún modo de incierto, aunque lo que a mi juicio importa es la vivaz delineación de personajes, situaciones y ambientes.  

En este sentido es destacable, amén de la soberbia encarnación (o recreación) de Karra Elejalde, la bizarría en el acercamiento a un personaje tan esquivo como Franco, hasta ahora despachado, en el cine del período democrático, con meros brochazos caricaturescos. No es éste el caso, a mi modo de ver, pues lo que aquí se aprecia es un estimable esfuerzo en dotarle de entidad, por mucho que, obviamente, el director no oculte su punto de vista. A ello coadyuva el excelente trabajo de Santi Prego, que junto al resto del elenco conforma uno de los puntales de la película: y es que, desde los familiares y amistades de Unamuno, pasando por los generales y otros miembros del estamento militar —más discutible, quizá, el perfil histriónico de Millán-Astray, que por otra parte borda el genial Eduard Fernández— todo el equipo rinde de modo sobresaliente y contribuye al natural seguimiento de la trama. Y encomiable es asimismo la desenvoltura visual del director, que sin incurrir en abusos de cámara ofrece planos salmantinos de muy bella factura, en la línea de los films más recientes de su autoría, e incluso tal vez ¿es posible rastrear, en alguna secuencia, remedo de obra ajena?

En definitiva, se trata de una cinta de apreciable interés, necesaria y oportuna, hecha en mi opinión para, a lo sumo, convencer sin vencer, y con ciertos puntos discutibles, como la partitura musical del propio director —empalagosa y recurrente, cuando no inoportuna— o determinado exceso situacional oportunista, en busca del fácil compromiso del espectador.

Y termino la reseña planteando la siguiente pregunta: ¿es el Amadeus, de Milos Forman, una gran película? Por aquello del grado de tolerancia frente al rigor histórico.




© Álvaro César Lara, 2019 - Todos los derechos reservados.

jueves, 9 de agosto de 2018

PATERSON





¿ Qué es Paterson ?

¿ Un libro, una ciudad, un personaje... ?

Todo eso y más: es un canto a la sencillez poética de lo mínimo, al despojado amor que alienta en lo cotidiano, al necesario distanciamiento irónico frente a la vida, a la ilusión -acaso ingenua- que rasga el velo del conformismo... 

Paterson demuestra cuán simple puede llegar a ser lo más complejo, cómo la belleza fragua antes en los ojos de quien mira, y hasta qué punto la felicidad individual es, esencialmente, una cuestión de empatía.




Post subido a Facebook el 7 de julio de 2018

© Álvaro César Lara, 2018 - Todos los derechos reservados

jueves, 12 de febrero de 2015

LA ISLA MÍNIMA

  -Todo en orden, ¿no?, le dice Javier Gutiérrez a Raúl Arévalo en la frase conclusiva de este film que, tras una minuciosa e inquietante trama, deja las cosas en su sitio, y no en un lugar cualquiera, sino reposando en ese territorio insólito, asfixiante por momentos, que conforman las marismas del Guadalquivir.

  
 La historia queda así perfectamente cerrada, con toda su verdad resuelta para el espectador y unas cuantas omisiones y simulacros sumergidos para siempre en el alma de los dos protagonistas, así como en la cotidianidad de los menesterosos habitantes de ese intrincado microcosmos.
  Lo que aquí se cuenta ha transcurrido a buen ritmo, como corresponde a todo policiaco que se precie de honrar al género, y asimismo lo ha hecho con admirable desenvoltura visual y narrativa, es decir, gracias a un óptimo maridaje de guión y dirección. Nada se echa en falta y nada sobra en esta hermosa película de miradas penetrantes y horripilantes misterios, magníficamente encarnada por unos actores que tal vez nos ofrezcan sus mejores trabajos hasta la fecha: tanto Javier Gutiérrez, perfecto en su papel de antiguo miembro de la Brigada Político Social —deudor de un pasado que le delata a la par de la sorda enfermedad que padece—, como Raúl Arévalo, su compañero policía —el cual, si es que realmente le quedaba, perderá en este envite cualquier atisbo de ingenuidad—, cuajan unas intervenciones plenas de madurez y contención gestual, intercalando eficazmente rictus y silencios entre los solventes diálogos de la narración. E igual puede decirse del acierto del director a la hora de plasmar el trasfondo político-social de la época: la proliferación del contrabando a comienzos de los ochenta, la conflictividad andaluza entre terratenientes y jornaleros, las tortuosas dificultades para salir adelante en un territorio tan arduo y opresivo que condiciona el perfil moral de los lugareños.        
  Todo en orden, pues: tanto lo que queda al descubierto como lo que se sabe y calla en interés del frágil compromiso de la vida —en la cual siempre cabe la posibilidad de que, por desgracia, algunos se acaben yendo de rositas.    


© Álvaro César Lara, 2015 - Todos los derechos reservados