Espacio destinado a la divulgación de mi obra poética. También muestra algunas de mis preferencias literarias, musicales, cinematográficas o artísticas en general.



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domingo, 27 de mayo de 2018

MOZART EN MANOS DE AFKHAM


La genialidad mozartiana en el terreno sinfónico se decanta definitivamente a partir de su sinfonía nº 38 “Praga”, culminando en esa suerte de inefable trilogía que conforman las últimas que salieran de su pluma. Anticipos de clarividencia teníamos ya en la vertiginosa nº 25, anclada relativamente en el estilo Sturm und drang, pero el milagro que acreditan las nº 39-41 pertenece al más excelso olimpo artístico. Redactadas de corrido durante el verano de 1788, sin que para ello se conozca más motivación que la estrictamente personal, son epítomes de cuanta grandeza alcanzase Mozart en la última década de su vida, sea cual sea el género musical en el que reparemos.

  Que David Afkham propusiera abordarlas en única sesión y en la sala de cámara del Auditorio Nacional constituye una cierta excepcionalidad por duplicado, dado que ni es frecuente interpretar estas tres obras en un mismo programa ni tampoco la ONE es precisamente una orquesta de cámara. Razones para ello tendrá, aunque paradójicamente la plantilla que dispuso tampoco es que fuera en extremo reducida: tratándose de obras del Período Clásico incluso menores dimensiones hubieran sido defendibles; prueba de ello es el elevado volumen sonoro que, con respecto a la sala, exhibió la agrupación.   




  La primera parte –sinfonías 39 y 40– sentó las bases del que iba a ser el enfoque interpretativo del concierto: tempos muy vivos –por momentos acelerados–, acentos rotundos, metales descollantes e incisivas maderas, echándose en falta un más flexible criterio agógico y esporádicas pinceladas de refinamiento, especialmente en los movimientos lentos de ambas obras. Ciertos pasajes parecieron quedar cortos de aliento y dejarnos al borde de la precipitación, pese a que el impulso, claridad y energía orquestales propiciaron acendrados rasgos de elocuencia. Los Menuettos, por su parte, se ejecutaron con aérea y vivaz ligereza, atendiendo a criterios próximos al historicismo, postura que también se evidenció en la satinada prestación de trompas y trompetas. Un error de puesta en escena, en mi opinión, fue el riguroso encadenamiento de ambas sinfonías, sin pausa alguna, impidiendo que la audiencia reposara la escucha entre una y otra. Desconozco las intenciones de Afkham para tan arriesgada decisión, que operó en menoscabo de un disfrute más cabal y placentero de las composiciones: ¿tal vez recrear el modo de ejecución de la época? ¿evitar aplausos intermedios? Y si es así, ¿con qué fin y a qué coste?

  En cambio, para el Allegro vivace inicial de la 41 adoptó a mi juicio un tempo más ajustado, de marcados acentos y plausible manejo de voces, acordes y silencios; en tanto que el Andante cantabile navegó algo lejos de esa exquisita sutileza que encontramos en otras versiones, pese a dibujar con penumbroso y bello énfasis las parcelas más sombrías, típicas del último Mozart. Un Allegretto vivo, en la línea de los Menuettos de las sinfonías precedentes, y un Molto allegro contundente, aun sin comprometer la claridad discursiva de las líneas de contrapunto, pusieron fin al ardiente concurso matinal de tan espeluznantes obras maestras.


WOLFGANG AMADEUS MOZART: SINFONÍAS 39, 40 & 41
ORQUESTA NACIONAL DE ESPAÑA
DAVID AFKHAM, Director

Auditorio Nacional de Música, Sala de Cámara
Madrid, 20 de mayo de 2018.


© Álvaro César Lara, 2018 - Todos los derechos reservados

sábado, 25 de junio de 2016

UN RÉQUIEM ALEMÁN


Selig sind, die da Leid tragen,
denn sie sollen getröstet werden,
Die mit Tränen säen.
werden mit Freuden ernten.

Bienaventurados los que sufren,
porque ellos serán consolados.
Los que con lágrimas siembran,
habrán de cosechar con alegría


 Finaliza la presente temporada de la OCNE con la programación, a las órdenes de David Afkham, de esa tan singular misa de difuntos que nos dejara para la eternidad Johannes Brahms. Ya el mismo título de la obra, Ein deutsches Requiem (Un réquiem alemán), es peculiar y remarca el propósito del maestro de alejarse de la ortodoxia litúrgica. En efecto, como es bien sabido, al escoger bajo un muy subjetivo criterio diversos pasajes de la Biblia (en su traducción luterana, obviamente) Brahms tuvo que enfrentar severas reticencias de las autoridades eclesiásticas para el estreno de la obra, el cual tuvo lugar, en una primera versión no definitiva, allá por la Semana Santa de 1868.

  Pues el deseo del compositor era, espoleado por sus propias circunstancias biográficas (la muerte de su madre y anteriormente la de su venerado Schumann) promover una visión más luminosa y esperanzadora del hecho de la muerte, otorgándole un sentido religioso sí, pero con un sesgo acaso más “para la humanidad”, como él mismo expresó. La aproximación mayoritariamente tenebrosa difundida por la tradición quedaba así relegada en beneficio de aspectos más confortadores, como la resignada serenidad ante lo inevitable (Pues toda carne es como la hierba (…) y aquí no tenemos una morada permanente) o el animoso consuelo proporcionado por la fe (Ahora estáis afligidos / pero volveré a veros / y vuestro corazón se alegrará / y nadie os arrebatará vuestra alegría). 

Amanecer en Córcega. (Foto: Beatrice Castoriano)
 Afkham enfatizó considerablemente tal carácter afirmativo de la obra, en una interpretación —sin batuta— cuajada de vigor e intensidad. Para ello no puso objeción a las expansiones corales, plenas de una efervescencia frenada acaso por la menor calidad de las voces masculinas del orfeón. Vitalidad y acusado pulso narrativo que se tradujeron en una palpitante respuesta emocional por parte de un público entregado. Los solos de oboes y flautas resultaron de una musicalidad muy expresiva, aspecto que ha ido mejorando desde que el nuevo director se hizo cargo de esta orquesta; y las dinámicas estuvieron bastante bien reguladas, logrando emotivos clímax. En cuanto a los dos solistas, nos gustó más el barítono Matthias Goerne —excelso dominador del lied que declamó con acertada intención dramática; mientras que la magnífica soprano Dorothea Röschmann, colocada en el centro del coro, quizá estuvo algo destemplada.
  He leído alguna crítica con reparos frente a este modo de concebir la obra. Si bien hubo, como no puede ser de otra manera, aspectos técnicos mejorables (claridad textural no siempre conseguida, coro en ocasiones algo gritón), soy de la opinión de que en la música, ante todo, debe primar el aspecto emocional, y bien merece la pena hacer concesiones técnicas si es en aras de un esclarecedor y edificante tributo a la vida. 

© Álvaro César Lara, 2016 - Todos los derechos reservados

miércoles, 30 de septiembre de 2015

DAVID AFKHAM: PROYECTO O.N.E.

  Si alguna vez me viese en la improbable tesitura de tener que elegir un repertorio definitivo para enjuiciar la calidad de una orquesta sinfónica, creo que me inclinaría por el del clasicismo, y en particular por Mozart. Sea esto o no un disparate, viene a cuenta del nuevo director titular escogido para la Orquesta Nacional de España, el más que prometedor David Afkham (Friburgo, 1983), que después de haber dirigido varias veces a la agrupación en la anterior campaña, comienza a hacerlo en esta nueva ya oficialmente como tal.              
                                                                                                                                                      
  Pues bien, las sensaciones al respecto siguen siendo parecidas a las que tuve el pasado curso, esto es, que la elección no ha podido resultar más afortunada. En efecto, el joven músico exhibe unos muy propicios modos de transmisión del mensaje musical, conjugando felizmente vigor y elegancia, fluidez y detallismo, respeto a la tradición y humilde fidelidad a los requerimientos demandados por la partitura. El porte físico le favorece, no vamos a negarlo, con esos larguísimos brazos batidos con amplitud, pero obviamente la música es la música, y cuando antes hablaba de elegancia me refería tanto a la física como a su desenvoltura de fraseo y a una acrisolada plasticidad sonora. Tal último aspecto, en el concierto que motiva este artículo, se pudo apreciar en la atractiva exposición de las cualidades más camerísticas de las obras ejecutadas: en efecto, tanto el Concierto para piano y orquesta nº 20 de Mozart como la Sinfonía nº 1 de Brahms incorporan bellísimos episodios de viento-madera y, en el caso del maravilloso andante sostenuto de la segunda de ellas, también de violín. A propósito de Brahms, no debemos pasar por alto el simbólico hecho —reclamado por el propio Afkham como aleccionador modus operandi—, de haber incluido a comienzos de temporada una composición fruto de tan meditado proceso creativo, que llevó a su autor a debutar en el género habiendo ya cumplido los cuarenta.
  No poco trabajo por delante tiene, como es natural, el nuevo director, que públicamente ha manifestado su fijación en el riguroso acervo germánico como centro neurálgico del edificio, a partir del cual poder ir reforzando aquellas facetas menos logradas del conjunto. Y aquí es, precisamente, adonde quería ir a parar antes al referirme a Mozart: en la obra reseñada, uno de los conciertos más apesadumbrados del salzburgués, la cuerda adoleció de cierta debilidad en varios pasajes, hecho que restó dramatismo y contundencia a la sobresaliente lectura efectuada por el formidable pianista noruego Leif Ove Andsnes. Y es que en Mozart es tal la transparencia y perfección de su escritura que cualquier deficiencia interpretativa es casi imposible de ocultar.
  

 © Álvaro César Lara, 2015 - Todos los derechos reservados