Espacio destinado a la divulgación de mi obra poética. También muestra algunas de mis preferencias literarias, musicales, cinematográficas o artísticas en general.



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miércoles, 22 de febrero de 2017

BRAD MEHLDAU TRÍO en el ciclo de Jazz del CNDM


Para Karol Marín, que un día me hizo
escuchar a Brad Mehldau

 Que más de 2200 expectadores abarroten la sala grande del Auditorio Nacional para escuchar un concierto de jazz no es un dato menor. Uno piensa que una formación jazzística de tres miembros requiere de más exiguo e íntimo espacio, pero si lo que ocurre es que la sala se llena, pues bienvenida sea la idea del Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM). Obviamente tal no sucedería de no tratarse de un pianista de la talla de Brad Mehldau (Jacksonville, EEUU, 1970) actuando junto a Jeff Ballard a la batería y Larry Grenadier al contrabajo: es decir, el formidable trío que tantos años lleva en el circuito con  muy justificado éxito. 


 La pasada noche pude comprobar en vivo que Mehldau es un pianista sólido y elegante donde los haya, de pulsación limpia y timbrada, con un sonido pleno y rico en matices. Se ha comentado mucho esa forma de tocar suya que prepondera la independencia de ambas manos, como demostró en uno de los temas, donde mantuvo el mismo patrón rítmico en la izquierda durante toda la pieza, de no poca duración precisamente. Su pericia constructiva en el desarrollo de composiciones a partir de temas pop y de otros estilos, así como en la apropiación de temas legendarios del género (o standards) le confiere un refinado sesgo de clasicismo del que comenzó a hacer gala desde los albores de  su carrera. A tal respecto ofreció su pieza derivada de la canción de The Beatles And I love her, tan exquisitamente escanciada como era de esperar. Aprovechó a su vez para presentar varios temas de nueva creación, sobre los cuales comentó que aún no tenían título. En ellos era posible detectar diversas citas de clásicos del jazz, las cuales no pude identificar debido a mis carencias sobre este tipo de música. En cuanto a mis preferencias, a mí me maravilló el interpretado a continuación del de los Beatles, donde las notas iniciales fueron objeto de varación a través de un refinadísmo fraseo, circunstancia  que arrancó espontáneos aplausos y una espléndida ovación final. Fue generoso asimismo, pero sin abusar, de los solos de bajo y batería, en los que Ballard exhibió su magistral, imaginativo y variadísimo dominio de recursos, y Grenadier su genuino saber estar y clase.  
 Las casi dos horas de concierto se cerraron con dos propinas: según mi información se trató de los standards West Coast Blues, de Wes Montgomery y It’s allright with me, de Cole Porter. Y una curiosidad final: en uno de los momentos en que Mehldau se dirigió al público, en un claro inglés se refirió a “estos tiempos de gran incertidumbre en el lugar de donde venimos…” Más explícito no pudo ser. 


BRAD MEHLDAU TRIO

Brad Mehldau piano
Larry Grenadier contrabajo
Jeff Ballard batería

Auditorio Nacional de Música –Sala Sinfónica– Madrid
Domingo 19/02/17   20:00h

                                          

© Álvaro César Lara, 2017 - Todos los derechos reservados

jueves, 11 de febrero de 2016

CHUCHO VALDÉS: MESTIZAJE UNIVERSAL

   Chucho hace su aparición en escena a paso muy lento, acaso ralentizado en nuestra percepción por esos enormes pies, y de inmediato sobrecoge revivir la presencia del indeleble Bebo, tal es el creciente parecido del hijo con el padre conforme la edad avanza. Mas una vez que reposa su enorme envergadura frente al teclado –ligeramente echado hacia atrás, con las piernas bastante flexionadas– comienza el recital sin dilación, entre aplausos de bienvenida aún no acallados, murmullo de espectadores impuntuales y últimas maniobras de quienes tenemos la dicha de poder disfrutar de una ubérrima sucesión de melodías y ritmos, improvisaciones de temas del jazz más clásico magistralmente fraseados, pasando por piezas de su autoría, mambo, bolero –ay, qué asombrosa sutileza interpretativa en el Bésame mucho– o un fidedigno rock and roll interrumpido por la espontánea aclamación del público. Y como si tuviera bien presente encontrarse en una sala de predominio clásico, no deja de intercalar citas de autores como Mozart, Bach o Chopin, que afloran con la misma naturalidad con la que se desvanecen en un irrefrenable y fecundo mestizaje. 
  Nos deja claro Chucho que lo suyo es el piano, la música, que el estilo no tiene por qué entender de purezas ni de esencias, pero también que la tan traída fusión no ha de suponer una deslavazada mezcolanza cuando, por ejemplo, se anima a elaborar toda una pieza desde una canónica y emotiva interpretación del Preludio Op.28 nº4 de Chopin. Tampoco faltó un acercamiento a lo hispánico en su jugosa visión del adagio del Concierto de Aranjuez y, por fin, en los bises, un poco de cubaneo junto con temas del musical y del cine clásico, en los que restó algo de solemnidad al evento al reclamar las palmadas de un público mucho más contenido de lo habitual en recitales jazzísticos.   
  Musica a borbotones la suya, fraguada con retazos de una memoria privilegiada y una formidable técnica desde las que despliega toda su sabiduría con portentosa fluidez. Yo tuve la sensación, desde el principio, de que si no le flaqueasen las fuerzas pudiera haber estado horas y horas alimentando nuestro asombro con esas superdotadas manos de amplitud universal.

© Álvaro César Lara, 2016 - Todos los derechos reservados

jueves, 30 de octubre de 2014

WAYNE SHORTER EN MADRID

  Wayne Shorter… no hace falta ser muy entendido en jazz para que este nombre se nos venga a la cabeza junto a otros adalides del género como Miles Davis, John Coltrane o Herbie Hancock, y agrupaciones legendarias como los Jazz Messengers de Art Blakey o el mítico Weather Report. Con todos ellos colaboró en algún momento Shorter, artista poco dado a la autocomplacencia y que se declara en permanente estado de excepción. Para él, pues, el arte promueve una aventura que permite transitar de la luz a la tiniebla, del cosmos al caos, de la subyugante melodía al expansivo guirigay sonoro.  

  
   El público de la sala grande del auditorio comienza a inquietarse: casi quince minutos de retraso y la leyenda no comparece. Incluso alguien insinúa una espantada. Pero no: por fin entra el cuarteto en escena. Shorter va vestido de negro y camina achacosamente. Toma asiento junto al piano de Danilo Pérez y sus dos relucientes saxos, y el vehículo arranca. Enseguida, tras el lógico tanteo entre los músicos, una atmósfera de aquilatada belleza nos envuelve, como un brumoso amanecer que no obstante preludia un soleado mediodía. El saxo tenor comienza sonando a bocina de barco antiguo, el bajo le apoya inicialmente con arco en mano, se suman piano y batería y nos adentramos en un amplísimo movimiento que constituirá el cogollo del concierto. La compenetración entre los miembros del cuarteto es absoluta, e igualmente deslumbra  el virtuosismo y versatilidad de los acompañantes de Shorter: todos se acomodan perfectamente a sus volutas, desmelenándose o apianando con absoluta fluidez, sin que en modo alguno tengamos la impresión de que el líder les impone sus criterios. Éste, por su parte, tomará posteriormente el soprano para explorar ámbitos más diáfanos y afirmativos, en los cuales un ritmo in crescendo acaba resolviéndose en estallidos esporádicos. Parece que no anda mal de pulmones, que a sus 81 años sabe y puede administrar con perspicacia sus limitadas energías.
  Después de esta primera gran sección, dos piezas de menor envergadura nos dejarán más en tierra firme, como si aterrizásemos o desembarcásemos de un viaje hipnótico donde el variopinto público, por entusiasmado que se halle, no osa aplaudir más que en las pausas: y es que algo de reverencial sí que hay en este concierto, que concluye con efusiva ovación al cuarteto y subsiguiente propina. 
  Al salir uno se queda con la gozosa sensación de haber asistido a algo grande: la enorme intensidad emocional que nos ha zarandeado es prueba inequívoca de ello. No sé: quizá los no muy versados en esto del jazz, como es mi caso, seamos más proclives a sorprendernos por los infinitos matices de una música de tan difícil encasillamiento, libre e imaginativa por antonomasia con permiso de cualquier taxonomía.


WAYNE SHORTER QUARTET

Wayne Shorter, saxo tenor y soprano.
Danilo Pérez, piano
John Patitucci, bajo
Brian Blade, batería

Auditorio Nacional de Música –Sala Sinfónica–  Madrid, 26/10/14
      

 © Álvaro César Lara, 2014 - Todos los derechos reservados

viernes, 28 de junio de 2013

MICHEL CAMILO: WHAT´S UP?

  
  Desde hace unas cuantas décadas ya, no cabe duda de que Michel Camilo, pianista, arreglista y compositor dominicano (Santo Domingo, 1954) establecido en Nueva York, es uno de los transmisores más conspicuos del jazz latino, o mejor habría que decir del jazz a secas, tal es la inquietud de este polifacético artista, que de vez en cuando se asoma también al repertorio de la clásica o el flamenco.

  No descubro nada si afirmo que se trata de un gran músico, de muy sólido bagaje académico y encomiable voluntad de perfeccionamiento, que conjuga el estudio, la indagación de amplias miras, el dominio consciente tanto del material como de los recursos expresivos, con una exquisita depuración técnica que le permite abordar cualquier partitura sin aparente dificultad. En efecto, gran deleite nos produce comprobar cómo ese sutil y elegante fraseo, acreedor de la más acariciadora elasticidad, lo es también de la pujanza, espontánea efusión y arrebato característicos de la música latina. Y es que, bien sea a solo, en trío o en más extensas compañías, fusionando flamenco con Tomatito o interpretando a Gershwin con una orquesta sinfónica, en todas partes infunde ese personal sello, ese inconfundible toque caribeño-jazzístico tan luminoso y atractivo.

  Reciente está, y es lo que nos ha llamado a escribir este artículo, la aparición de su último trabajo a solo, What´s up?, en el que realiza un cuidadoso repaso de la tradición, incluye algún que otro homenaje personal, explora ciertos ritmos caribeños (los llamados del dos-tres y del tres-dos) y finalmente concluye con una íntima sugerencia improvisada al amanecer. 

  Por último, quiero poner de relieve el contagioso apasionamiento del artista al comentar sus composiciones con esa fruición que sólo son capaces de exhibir aquellos que verdaderamente aman lo que hacen. En efecto, él puede querer alertarnos sobre un matiz, un acento, un ritmo o simplemente la evolución temperamental de una determinada composición, y ello, en lugar de entorpecer el discurso, incide como una lente de aumento en la comprensión de la obra y, lo que es más relevante, redunda en la inmediatez de un disfrute que el oyente agradece sobremanera. Porque, como ocurre tantas veces en el arte en general y cómo no en la música, cuando se nos explica con el debido entusiasmo a lo que nos enfrentamos, cuando se nos encamina directamente hacia el despojado disfrute de una obra, más emoción, sea del tipo que sea, podemos llegar a sentir.


  Os dejo como ejemplo dos enlaces relativos a interpretaciones y una reciente entrevista radiofónica. No obstante, si queréis escuchar más, os recomiendo, para empezar, los siguientes títulos, todos ellos disponibles en Youtube: A dream, Chan Chan, Rice and Beans o The spirit of the moment.

                                
                                                    Take five



                                                                    Caribe





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