Espacio destinado a la divulgación de mi obra poética. También muestra algunas de mis preferencias literarias, musicales, cinematográficas o artísticas en general.



viernes, 16 de marzo de 2018

INDIFERENCIA


De "Campos Visuales" (Imagine ediciones, 2003) 

© Álvaro César Lara - Todos los derechos reservados 
©  De la foto: Patricia Felguera


miércoles, 14 de febrero de 2018

POESÍA COMO CATARSIS

 La estampida emocional provocada por un acontecimiento trágico puede suscitar las más dispares reacciones. El proceso catártico —en la acepción clásica del término— es una de ellas, materializada en nuestro caso en la apelación a una inquietud creativa más o menos subrepticia. Es curioso en nuestro autor el recurso a la poesía como exégesis de su dolor, siendo García Lara asiduo ejerciente de las artes plásticas. Pero no: va a ser por medio de la redacción poética donde encuentre el cauce idóneo para hacerlo, aunque en este debut acompañe los poemas con ilustrativas muestras de su variopinta producción artística. Estudioso del lenguaje como psicoanalista que es, maneja en su ópera prima literaria un torrente verbal de estirpe clásica, con formas y modos bien cuidados, en la senda de Lorca o Miguel Hernández. Por otra parte, su buen trabajo de la forma y el ritmo nos hace sospechar que ha venido escribiendo desde tiempo atrás, seguramente en una intimidad que al fin ha tolerado hacer pública.

  Y es que vivir en propia carne la muerte de un bebé es, obviamente, circunstancia capaz de poner patas arriba cualquier cálculo preestablecido. En este ámbito, cómo no traer a colación que la obra maestra de Francisco Umbral, «Mortal y rosa», instigada por la muerte de su niño, no sólo es una de las obras más estremecedoras de nuestra literatura, sino que supuso para aquel un viraje estético y vital de primer orden. La prosa umbraliana, siempre lúcida y punzante, adquirió entonces su categoría poética máxima.
    


  En García Lara, por su parte, el fatal acontecimiento promueve una inquisitiva inmersión en el piélago ignoto de la memoria. La palabra poética se reconoce herramienta —si bien extraña para alguien que irónicamente llama a los poemas poesías— dotada de un poder esclarecedor trascendente. Así nos lo comunica en la primera parte del libro, al identificar a aquella como no cualquier palabra / que sin ser yo tu dueño / dices mi verdad más honda / más seca / más exacta de claridades. Y con mayor precisión confirma que solamente desde ella, sentado a su borde, podrá pretender que suene primero / la verdad que más señale, y de tal modo situarse en disposición de, por sí mismo, escuchar el texto de mi (su) esperanza.
 
  Ese itinerario inédito hacia el encuentro con el hijo desaparecido le lleva, en buena lógica, al desciframiento previo del amor conyugal, de cuya unión aquel nació: en efecto, “Memoria de tus nombres”, segunda parte del volumen, constituye la autoconfesión de una vivencia amorosa al parecer de sentido único, puesto que a veces / solamente a veces / un hombre ama solo a una mujer / toda su vida. Asistimos entonces a la reconstrucción memorialística de aquella, con los interrogantes, vaivenes e insatisfacciones propios del deseo, aun desde la conciencia inequívoca de la restricción que impone la palabra: si tengo que recurrir a mi memoria de ti / puedo enamorarme del amor que te tengo. Se trataría, en todo caso, de un ejercicio ineludible para el autor antes de abordar el asunto central del libro.  
  La tercera y última parte del poemario recoge finalmente la introspectiva crónica de ese arduo tránsito hacia la memoria del hijo perdido, la cual se inicia con el testimonio del temprano desenlace de la vida del pequeño (se disolvió tu cuerpo en tu sonrisa rota) y de la única alternativa admisible de posterior superación (tratar de buscar en ti / el hijo que no encontré). En ese pórtico de la tortuosa exploración existencial del infortunio aflora, sin cortapisas, un franco sentimiento de culpabilidad ante la tardía concepción del niño: yo había forzado / con el amor / la biología de los ritmos y las cadencias.
   A continuación, el poema capital “Sin ser muerte” —en mi opinión el de mayor carga emotiva de la obra— expone el cruel suceso en largos versos de acendrado aliento elegíaco y contundente poderío verbal, donde al relato explícito del hecho (Como el vidrio que mira el invierno desde la madrugada / así empañó el sufrimiento tu hermosura cristalina) le acompaña una sobrecogedora descripción de la dolencia que suscita: sentir que lo nunca pensado será siempre vivido / que el momento anterior ya no hace historia / porque todo fue siempre presente / y la fuerza que hubo / que ahora es abandono / hace frenesí de lo que fue calma / y soledad helada lo que fue arrobo.   
 
  De ahí en adelante, el título de cada poema permite ir caracterizando los sucesivos hitos de un duelo que hacemos con rendida identificación: así “Soledad” (Qué soledad tan devastada la de tu ausencia), “El tránsito” (Vamos / amor / tenemos que acompañarle / también su tránsito es nuestro), “Memoria infinita”, “Vivir sin ti” (Cómo pensarte en lo que no fuiste / y recordarte en lo que no hicimos), “Eco de mi llanto”, “Ese desapego” o “Seguir”, donde alude conclusivamente a esa vida que empuja a vivir / sin piedad ni consuelo / sólo a quienes nos sabemos mortales.
  En definitiva, se trata de continuar como única emancipación de lo irresoluble; convivir con la memoria de esa herida que, incardinada en la memoria, acaso logrará sedimentarse a través de la escritura.



Memoria infinita
Carlos García Lara

Ediciones Letra de Palo, 2017


© Álvaro César Lara, 2018 - Todos los derechos reservados

jueves, 8 de febrero de 2018

REGLA BÁSICA DEL INVERSOR



A la hora de hacer una inversión

es indispensable cotejar

el estado de ánimo de tus vecinos.



Pues por magnífica que sea tu apuesta,

si ellos no están por la labor

terminarás errando el tiro.



Es un mero asunto de confianza,

pues tú eres tan vecino de ellos

como ellos de ti, y ellos también

estudian invertir.



A menudo los contemplas en grupo

y te preguntas cómo actuarán por separado.

Por contra, cuando los tienes delante

y te hablan, aprovechas para escrutar

sus labios, sus gestos, sus manos,

la parsimonia o presteza con que sostienen

una entonación o una mirada.



Mi experiencia personal me dice que, así como

una orquesta sin público

no puede hacer que la música funcione,

cualquier expectativa es susceptible de cumplirse

si existe un número adecuado de personas

predispuestas a tropezar de una misma manera.



 De «Pasadizos y murallas» (Vitruvio, 2016)





© Álvaro César Lara – Todos los derechos reservados



viernes, 2 de febrero de 2018

SONIDO GRABADO




                   Del libro «Pasadizos y murallas»
                   Ediciones Vitruvio, 2016




                  © Álvaro César Lara – Todos los derechos reservados

viernes, 26 de enero de 2018

ULTRAMOR: EL MUNDO EN VILO DE ALFONSO BREZMES


 
  Hay una (otra) realidad que depende de nosotros. Habita en nuestro interior precariamente, en adormecidos fragmentos que reclaman su recomposición, tal pedazos de un espejo que, después de hechos añicos, siguen siendo uno en cada trozo. Y es en la búsqueda o aprehensión de dicha realidad donde el poeta debe fijar su horizonte, para lo cual deberá prescindir del fulgor de lo inmediato, desligarse de unos ojos que no ven, a fin de que el corazón no sea entorpecido en su pesquisa. Sólo así, desviándose hacia ese mundo en vilo, con el corazón en una mano y una venda tapándole los ojos, podrá cumplir la hazaña de su posibilidad, alcanzar aquella Ítaca que navega hacia sí misma / hecha de los viajeros que la buscan, pues es en la esperanza de lo posible, en pie y enarbolando su bandera, donde reside, en esencia, el transgresor señuelo de su andadura.

  Por supuesto que semejante labor ni es sencilla ni está libre de riesgos: como sospechamos, se trata de adentrarnos en un mundo esquivo (sagrado lugar en donde habita / el oscuro animal de la esperanza), sin certezas evidentes (no hay magnitud mayor que la certeza / que empuja sus costados a la nada), difuso en la profundidad de una memoria reconstruida desde el corazón (Un corazón: su terquedad. / Su no querer pararse. / Todo lo que quiso ser y no logró, / revivido otra vez porque es posible). Habrá de estar el protagonista, pues, resuelto a dar palos de ciego, inevitablemente desorientado, con su escueta posibilidad como referencia, esa flecha que nos parte en dos y deja una señal en nuestra piel, desconociendo sus progresos y con la sola convicción de su conjuro: Yo no estoy, yo voy, y ese es mi estar en el mundo. Y en su inestable devenir se reconocerá con frecuencia habitado por otro, un yo transmutado capaz de acceder a la otra dimensión desde donde escribe los poemas, y que a veces, como reverso de sí mismo que es, le traiciona: Hace tiempo que se ha ido el hombre que escribía mis poemas.

  Acaso ciertamente tópico (Novalis, Poe) es la introspección en ámbitos nocturnos y regiones fronterizas con el alba. Brezmes insiste en ellos como espacio excepcional, preludio del vértigo creativo y hábitat de la memoria desde donde se fraguan los poemas: La noche es ahora el lugar de los advenimientos. Sin embargo, la escritura no cumple su objetivo si con ella no logramos ser lo que cobra vida tras apagar los libros. Ahora bien, como apuntábamos antes, la incursión en esa realidad desdoblada comporta, asimismo, un peligro capital, el de no saber volver: en el recodo más oscuro / de sus bosques nos perdemos / y no sabemos regresar. 

  Versos de gran belleza como los que siguen ejemplifican el proceso secuencial de la experiencia: Sientes tu cuerpo invadido / por una vieja sensación, en ocasiones/ parecida a la ilusión o a la nostalgia. / Tus pies se despegan del suelo. / Habitas el vértigo. / Empiezas a llorar. O bien estos otros: Habla memoria, cuéntame / otra vez mi vida y levanta / sobre el árido solar de sus ruinas / el castillo encantado en donde ser / el nuevo hogar de tus apariciones.

  Pero finalmente, ¿cuál es el desenlace de susodichas incursiones en esa fantasmal orilla donde el aquí se ha mudado al quizá? ¿Cómo queda nuestro viajero tras su heroica vuelta del campo de batalla? Para nuestro alivio, no acabará como el desventurado caminante del Winterreise (Viaje de invierno) de Franz Schubert: todo lo contrario, pues aludiendo al día después se nos hace saber, felizmente, que nuestra mirada encuentra al fin otra mirada, / y la vida logra de este modo detenerse, / y el corazón puede por un tiempo descansar. De tal dichosa suerte concluye el periplo de aquellos ojos que, privados de visión, debieron dejarse guiar por las inquietas bridas de un aventurero corazón que presiente.

  Nada más que añadir a esta gratificante lectura de Ultramor. Terminamos escogiendo, como hermoso y conclusivo compendio de las tribulaciones, hallazgos y desvelos del personaje, el poema titulado “A través del espejo”:


INVENTÉ este país para salvarme.

Aquí todo es refugio;
allí la sangre es demasiado roja
y la luna es demasiado blanca,
el tiempo pasa muy deprisa
y la hierba crece muy despacio.

No basta con la cruda realidad:
para salvar el mundo hay que perderlo
y crearlo de nuevo en la memoria.

No importa si aquí sólo es posible:
allí tan sólo puede ser real.

Ultramor. Alfonso Brezmes.
Ed. Renacimiento, 2017

© Álvaro César Lara, 2018 - Todos los derechos reservados

jueves, 16 de noviembre de 2017

LA SORPRESA


(De "Lugares comunes", en "La lentitud de los bueyes". Imagine ed. Madrid, 2003)


© Álvaro César Lara, 2017 - Todos los derechos reservados

lunes, 22 de mayo de 2017

VIVALDI Y EL GRUPO EUROPA GALANTE

 Como es sabido por la mayor parte de los que visitáis mi blog, el pasado año vine publicando una serie de artículos dedicados a repasar la totalidad de la obra instrumental de Antonio Vivaldi, en los que ofrecía una completa antología personal de su ingente obra. De modo que el concierto del pasado viernes 19 de mayo fue un muy gratificante reencuentro con esas composiciones tan queridas, que anidan en lo más hondo de mi memoria musical. Europa Galante, aquel revolucionario grupo que fundara el excelso violinista Fabio Biondi a comienzos de los 90 del pasado siglo, sigue siendo en la actualidad un grupo referencial en la interpretación fidedigna de unas obras cuyo enfoque ha vivido toda suerte de excesos, desde las hipertróficas e indigeribles versiones anteriores al movimiento historicista hasta los exorbitados dislates que en nombre de una presunta ortodoxia llegaron a elogiarse. Hace poco, el violinista Enrico Onofri, que antaño grabase las Cuatro Estaciones con la agrupación Il Giardino Armonico —esencial e imaginativa a raudales, por otra parte—, declaró en una entrevista que hoy sería inasumible presentar una grabación barroca bajo aquellos presupuestos tan radicales.
Miembros de Europa Galante

 Pero el tiempo fue asentando los preceptos, y las agitadas aguas fueron remansándose en un cauce más plausible: el sonido anguloso y seco se ha redondeado, los contrastes de tempo y dinámica ya no son tan bruscos, los acentos han perdido virulencia. En este punto es donde podemos encajar los presentes atributos del conjunto de Biondi, tal como se pudo comprobar en esta última comparecencia madrileña: equilibrio y homogeneidad ante todo, sin perder no obstante las necesarias dosis de atrevimiento y fantasía, sin las cuales el peculiar arte vivaldiano obviamente se resiente. Bajo el epígrafe “Los conciertos del adios”, el programa contenía algunas de las últimas composiciones del artista, procedentes de ese sórdido período en que, acuciado por las deudas y el incipiente descrédito de su música, debió abandonar Venecia en un desesperado viaje a la corte de Viena —del que jamás regresaría—, con la pretensión de ser recibido por el emperador en búsqueda de nuevos horizontes compositivos. Nada salió bien, el encuentro no tuvo lugar y el luto por el repentino fallecimiento del monarca propició el cierre de los teatros de ópera. No es posible imaginar lo que pudo sufrir el Prete en aquellas tristísimas circunstancias de obligado y menesteroso exilio que antecedieron a su muerte en 1741.
 En fin, adentrándonos en el meollo del concierto, señalar que nuestro grupo ofreció unas interpretaciones muy notables, con algunos puntos de valoración sobresaliente: así la del Concierto para dos violines op.3, nº8, perteneciente a su colección L´estro armonico, fue un prodigio de energía, aliento expresivo y refinado y virtuosístico tratamiento de las voces. Sumamente bella fue, asimismo, la del único en su especie y magistral Concierto para viola d´amore y laúd, RV 540, datable en marzo de 1740 y que habría sido ejecutado —junto con la también programada sinfonía “Il coro delle muse”, RV 149— con motivo de la visita a Venecia del Príncipe Elector de Sajonia. Pese a alguna desafinación prácticamente inevitable y cierto desequilibrio de volumen por la inferior presencia del laúd utilizado, logró reseñables cotas de delicadeza y concentrada emoción . En cuanto a los tres conciertos para violín solista, Biondi optó por un papel protagonista muy contenido para imbricarse en el conjunto orquestal. Me gustó especialmente la transida y melancólica intensidad alcanzada en el movimiento lento del RV 222, “dedicato alla Signora Chiara”, una de las célebres violinistas del Ospedale della Pietà. Junto a ello, tres ejemplares obras de carácter sinfónico —recordemos que en Vivaldi el término sinfonía no significa más que concierto para orquesta sin solista, que solía servir como obertura de ópera— redondearon el canónico discurso dictado por Europa Galante, y una jugosa anécdota final relatada por Biondi —en perfecto español— sobre la hipotética posibilidad de que un jovencísimo Haydn actuase en el coro de niños participante en la misa vienesa por la muerte del veneciano, precedió a la conclusiva muestra de un temprano y vivaz divertimento del grandioso compositor austríaco.  





  



© Álvaro César Lara, 2017 - Todos los derechos reservados

viernes, 19 de mayo de 2017

DESLUMBRANTE RAVEL POR TRIFONOV

 
Maurice Ravel
¿Existe algún concierto para piano más bello que el Concierto en sol mayor de Ravel? Por supuesto que muchos dirán que sí, que el Cuarto o Quinto de Beethoven, cualquiera de los de Mozart, el Segundo de Brahms, el de Grieg, el Primero de Chopin, el Segundo de Rachmaninov…puede que hasta los de Bela Bartok. Cualquier opinión alternativa aduciría sus lógicos argumentos, claro está, porque la belleza es materia inaprensible, y si abrimos la espita de la innegociable equivalencia entre belleza y perfección de la obra de arte, puede que la nuestra saliera perdiendo. No obstante, para mí existen unas cualidades decisivas en mi entendimiento de la condición de lo poético: la aquilatada síntesis de ideas, la suspensiva —acaso paralizante— intensidad emocional del movimiento lento, el perturbador ritmo, la tornasolada y por momentos abrupta disposición de los colores… son rasgos que confluyen asombrosamente en nuestra partitura. Una madurez en estado de gracia junto con un planteamiento ecléctico que de ningún modo empaña su irreductible personalidad. Los ritmos y colores jazzísticos, la sensualidad más propia del blues, la pátina de cariz impresionista, el espeluznante lirismo del Adagio assai central —¡ay, ese maravilloso solo del piano que acaba siendo interrumpido por una flauta de otro mundo!—, la elegancia no exenta de bravura que recorre toda la obra, la precisa duración expositiva de sus motivos, terminan por conformar la base de mi decantada preferencia.
 Aclarado lo cual, ahora introduzco una segunda pregunta: ¿es Daniil Trifonov (Nizhni Nóvgorod, Rusia, 1991) el mayor fenómeno pianístico acaeciado en los últimos veinte o treinta años? pues creo que no es para nada arriesgado afirmar que es muy posible. Su acercamiento al concierto de Ravel el pasado martes 16 de mayo fue de quitar el hipo. Una técnica y poderío arrolladores —¡qué manera tan apabullante de desplazarse por el teclado, minimizando el más intrincado escollo!—, una intensidad y colorido refulgentes y un aliento expresivo en su punto justo, pusieron todo de su parte para ofrecer una respuesta afirmativa a la cuestión. Acompañado por la excelente Staatskapelle de Dresde, bajo la batuta de su titular Christian Thielemann —severo, adusto y germánico donde los haya, pero sabiendo extraer mucha enjundia de la orquesta, con esa técnica apoyada en su particular movimiento de la mano izquierda: más movimiento de dedos y mano que de brazo, acaso al estilo de antiguos maestros (¿Klemperer?)— obtuvo un inconmensurable éxito entre las deplorables toses, ruidos, caídas de programa, intempestivas desenvolturas de caramelo y algún pitido sospechoso de móvil, que ponen en entredicho la competente adecuación de un público sin cuyo nivel adquisitivo, por otra parte, no se podría disponer en Madrid de un ciclo de primer nivel internacional como es el de Ibermúsica.  

Daniil Trifonov
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jueves, 11 de mayo de 2017

CARTA DE ARTURO RAMONEDA

 Desconozco cuántos a día de hoy se acuerdan todavía del filólogo y crítico literario Arturo Ramoneda. En mi caso no hay duda de que sí, pues mucho le debo desde que, allá a finales de los 80, siendo yo casi adolescente, leía sus artículos sobre literatura en el suplemento semanal “Culturas”, de Diario 16. En ellos, su formidable claridad expositiva alentaba a la lectura de los autores y temas que trataba, pues lo hacía con una precisión y lucidez absolutamente alejadas de cualquier rastro de pedantería, con ese amor fundamentado de los verdaderos sabios que no quieren parecerlo.
 Quienes no sepan de él, que consulten sus numerosas guías, artículos, antologías diversas y espléndidas ediciones críticas de autores eminentes de nuestras letras. Ese es para mí, sin duda, el mayor legado que nos deja, al margen de su muy celebrado rescate de la obra de Corpus Barga.

 Tras el inmenso honor que ha supuesto poder hacerle llegar buena parte de mi obra, acabo de recibir una nota suya manuscrita que le agradezco de todo corazón, y que deseo compartir con mis lectores. Transcribo sus palabras por si hay problemas con la letra (omitiendo, por razones obvias, dos renglones que aluden a circunstancias de índole personal):

 “Querido Álvaro: hacía tiempo que no leía con tanto interés unos libros. Después de todo lo que se ha escrito, es difícil encontrar nuevos registros —temáticos y formales— en los asuntos centrales de la poesía (la belleza y el caos, el canto a la naturaleza, el amor en sus múltiples variantes, el poder de la música, la realidad y el deseo, etc). Tú has sabido elevar a categoría vivencias y anécdotas cotidianas, siempre con el tono y el lenguaje apropiados. Espero seguir leyéndote. (…)
Enhorabuena por todo. Un abrazo muy fuerte de Arturo Ramoneda”.




jueves, 13 de abril de 2017

LA PASIÓN SEGÚN SAN MATEO DE BACH, POR HERREWEGHE

 La propicia casualidad ha querido que en el transcurso de apenas un mes haya podido toparme con dos de las mayores creaciones musicales de todos los tiempos: a la Novena Sinfonía de Beethoven —con la Orquesta Simón Bolívar de Venezuela— se ha sumado ahora una de las indiscutibles cimas de la música religiosa universal, la Pasión según San Mateo de Bach. Y digo universal porque, independientemente de las creencias religiosas de cada uno, la ascendencia dramática de semejante monumento, su maestría compositiva, alcanzan tales cotas de intensidad y patetismo que acaban conmoviendo al espectador por uno u otro camino. A ello contribuyeron, en nuestro caso, dos elementos de muy distinta naturaleza: por un lado el montaje de una pantalla de sobretitulado en la que pudo seguirse el texto en edición bilingüe, y por otro la excelsa interpretación de la obra con que nos obsequió el especialista belga Philippe Herreweghe al frente de su Collegium Vocale de Gante, señero conjunto especializado en este repertorio que desde hace cuarenta años lleva de su mano deleitándonos. En este último sentido, no bastaba, obviamente, con la rigurosa capacitación técnico-musical y el profundísimo conocimiento de la partitura por parte de maestro e intérpretes, sino que debía estar presente ese punto de inspirada concentración que pusiera en marcha los esquivos resortes de la emotividad y el asombro. Cuesta pensar que esto ocurra en el contexto de una exigente gira que está llevando a la agrupación de un lado para otro en las últimas semanas, pero lo cierto es que, por lo que a mí respecta, las más altas expectativas fueron rebasadas con creces, y sin temor a equivocarme afirmo que esta entrega de la Matthäus Passion es una de las más redondas y conmovedoras que jamás haya podido escuchar.

Philippe Herreweghe


 Uno de los aspectos que apoyan la rotundidad de mi aserto es la subjetiva rapidez con que transcurrieron las casi tres horas de representación del oratorio, cosa que en absoluto me ha sucedido en otras ejecuciones de esta misma obra. Y otro, claro está, es el imprescindible —aun no suficiente— bagaje técnico, la honda comprensión y amor por semejante música que tantos años llevan acreditando estos cantantes, instrumentistas y director. Bastó el maravilloso doble coro del comienzo para apreciar la suprema calidad del conjunto vocal: dispuesto en la forma bipartita prevista en la partitura, con un grupo femenino en el centro, exhibió una redondez, expresividad, dicción y afinación ejemplares, manifestada asimismo en las intervenciones solistas de alguno de sus miembros a lo largo de la velada —como las de la soprano Dorothee Mields o la del contratenor Damien Guillon, que pese a cierta dificultad aislada cantó con un estilo irreprochable—. Como único punto discreto en la dirección me pareció el tempo elegido para el coral final, que a mi juicio debió ser algo más reposado, dada la solemnidad conclusiva del momento. En cuanto a los instrumentistas, emplazados asimismo en forma de doble orquesta enfrentada a due cori, con el nutrido bajo continuo en la parte central, tuvieron un día especialmente inspirado. Memorables fueron los episodios solistas de oboes y flautas, y las dos secciones de violín mostraron un empaste, calidez de fraseo y afinación sobrecogedoras, destacando la absolutamente extraordinaria labor de la concertino Christine Busch, tanto como líder del conjunto como en su papel de solista en la bellísima aria Erbarme dich, mein Gott (Apiádate de mí, Señor, nº 39). Y sobresaliente, por resaltar algún momento culminante del concierto, fue el clímax alcanzado en la patética aria Können Tränen meiner Wangen Nichts erlangen (Si las lágrimas de mis mejillas son impotentes, nº 52).
 Todo ello, amén de un excelente, sutil y equilibrado grupo de bajo continuo, y la muy expresiva prestación del tenor Maximilian Schmitt como Evangelista —de una voz potente y clara— y del barítono Florian Boesch como Jesús, contribuyó a dotar al relato evangélico de la verosimilitud expresiva necesaria para transmitir, lejos de cualquier grandilocuencia, el mensaje espiritual —y en esencia, humano— fervientemente perseguido por Bach y su libretista Picander.


Coro final: Wir setzen uns mit Tränen nieder (Llorando nos arrodillamos)


Aria Können Tränen meiner Wangen nichts erlangen (Si las lágrimas de mis mejillas son impotentes)

Johann Sebastian Bach
Johann Sebastian Bach
Matthäus-Passion, BWV 244 (1727)
COLLEGIUM VOCALE GENT
PHILIPPE HERREWEGHE, director

Madrid, Auditorio Nacional de Música, 9-4-2017

04/17 
,TMADRID, AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICAORIO NACIONAL DE MÚSICA  | DOMINGO 09/04/17 
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viernes, 31 de marzo de 2017

RESEÑA DE PASADIZOS Y MURALLAS

 El prestigioso poeta Manuel López Azorín ha publicado en su blog una reseña de "Pasadizos y murallas". Desde aquí hago público mi cordial agradecimiento por su apoyo a la difusión del libro.

 Se puede leer desde el siguiente enlace:

Pasadizos y murallas. Reseña de Manuel López Azorín.



martes, 21 de marzo de 2017

DUDAMEL Y LA NOVENA DE BEETHOVEN

  El formidable instrumento que es la Orquesta Simón Bolívar de Venezuela se presentó de nuevo en Madrid después de dos años, en el transcurso de una gira europea que le ha llevado primeramente a Barcelona (Palau de la Música) y que proseguirá en las ciudades de Hamburgo (Elbphilharmonie Hamburg, el espectacular auditorio recién inaugurado) y Viena (Musikverein). En esta ocasión coloca en atriles las nueve sinfonías de Beethoven, ciclo asimismo afrontado con carácter previo en el auditorio de Caracas. En el caso madrileño que comentamos, su intervención se ciñó exclusivamente a la Novena Sinfonía, esa obra cumbre de la humanidad cuya puesta en cartel constituye siempre un acontecimiento de sustanciosa expectativa.
  Casi cinco años han pasado ya desde que servidor debutara en la escucha directa de tan admirable grupo, tal como relaté entonces en la elogiosa crónica que al respecto aquí publicase. Ponderaba en aquella reseña cómo ese espíritu juvenil entusiasta se sumaba a unas capacitaciones técnicas excelentes y a un sentido de la musicalidad y conjunción realmente extraordinarios, resultado del conocido “Sistema”, que tantos frutos sigue dando. Pues bien, van pasando los años y por fortuna muchos de los miembros de la orquesta siguen siendo reconocibles, empezando por su mediático director estrella Gustavo Dudamel, que al margen de su consagración mundial no se olvida ni de sus raíces ni de cuanto a su vez le debe a esta que será siempre su orquesta.

Gustavo Dudamel

  Tenía por mi parte ciertas precauciones frente a la interpretación de la  Novena, ese glorioso monumento de la historia de la creación humana, temiendo un enfoque acaso algo superficial (especialmente en el movimiento lento) que de algún modo atenuase el mensaje beethoveniano. Pues bien, a tal respecto el planteamiento de Dudamel se decantó más por el arrebato que por la sutileza, más por la intensidad y contundencia que por el énfasis en pausas y contrastes. Por otra parte, no hay que perder de vista, en este sentido, la aún notable juventud de esta formación, reflejada en su consabido entusiasmo, frescura y vigor expresivo que tanto nos cautivan.

  Entrando un poco más en materia, el Allegro ma non troppo con que da comienzo la obra fue expuesto con cierto apresuramiento, en la línea general que comentamos, si bien con la perfección técnica, rotundidad y belleza sonora acostumbradas. El Scherzo fue a mi juicio lo más destacado del concierto, de una intensidad y poderío deslumbrantes, con una reseñable presencia de las trompas y una contundencia en el timbal marca de la casa. En cuanto al Adagio, que es donde más se cifraba mi prevención, creo que fue defendido correctamente y con un muy hermoso diálogo del viento-madera, si bien faltó algo de respiración y sutileza melódica. Por último, el célebre final tuvo aspectos notables y otros que no lo fueron tanto: la exposición del tema del Himno a la Alegría en los violonchelos pudo desarrollarse con mayor graduación dinámica, y la entrada inicial del barítono me pareció un poco precipitada, así como su ajuste vocal con las maderas, donde quedó algo tapado por éstas. Estupenda fue, por contra, la prestación coral a cargo del Orfeó Català y el Cor de Cambra del Palau de la Música Catalana, pese a conformar un número algo corto de efectivos, así como la electrizante y aguerrida réplica de la orquesta al primer solo del tenor, momento a partir del cual la energía interpretativa del conjunto fue ascendiendo con sostenido empuje hasta el exultante y conmovedor desenlace de esta partitura inigualable. Y es que uno nunca es el mismo (o no debería serlo) tras haber escuchado la Novena por venturosa mediación de una orquesta excepcional.

Orquesta Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela
Orfeó Català. Cor de Cambra del Palau de la Música Catalana
Auditorio Nacional, Madrid, 16 de marzo de 2017



Como ilustración acompaño un extracto del concierto conmemorativo a la caída del muro de Berlín, celebrado en la Schauspielhaus Berlin el 25 de Diciembre de 1989: 
Leonard Bernstein dirigió en tan señalada fecha a miembros de las Symphonieorchestes des Bayerischen Rundfunks, Staatskapelle Dresden, Orquesta de París, Orquesta Filarmónica de New York, London Symphony Orchestra y la Orquesta del Teatro Kirov de Leningrado.

Beethoven: Sinfonía No.9, mov. nº 2: Scherzo: Molto vivace - Presto:

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miércoles, 22 de febrero de 2017

BRAD MEHLDAU TRÍO en el ciclo de Jazz del CNDM


Para Karol Marín, que un día me hizo
escuchar a Brad Mehldau

 Que más de 2200 expectadores abarroten la sala grande del Auditorio Nacional para escuchar un concierto de jazz no es un dato menor. Uno piensa que una formación jazzística de tres miembros requiere de más exiguo e íntimo espacio, pero si lo que ocurre es que la sala se llena, pues bienvenida sea la idea del Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM). Obviamente tal no sucedería de no tratarse de un pianista de la talla de Brad Mehldau (Jacksonville, EEUU, 1970) actuando junto a Jeff Ballard a la batería y Larry Grenadier al contrabajo: es decir, el formidable trío que tantos años lleva en el circuito con  muy justificado éxito. 


 La pasada noche pude comprobar en vivo que Mehldau es un pianista sólido y elegante donde los haya, de pulsación limpia y timbrada, con un sonido pleno y rico en matices. Se ha comentado mucho esa forma de tocar suya que prepondera la independencia de ambas manos, como demostró en uno de los temas, donde mantuvo el mismo patrón rítmico en la izquierda durante toda la pieza, de no poca duración precisamente. Su pericia constructiva en el desarrollo de composiciones a partir de temas pop y de otros estilos, así como en la apropiación de temas legendarios del género (o standards) le confiere un refinado sesgo de clasicismo del que comenzó a hacer gala desde los albores de  su carrera. A tal respecto ofreció su pieza derivada de la canción de The Beatles And I love her, tan exquisitamente escanciada como era de esperar. Aprovechó a su vez para presentar varios temas de nueva creación, sobre los cuales comentó que aún no tenían título. En ellos era posible detectar diversas citas de clásicos del jazz, las cuales no pude identificar debido a mis carencias sobre este tipo de música. En cuanto a mis preferencias, a mí me maravilló el interpretado a continuación del de los Beatles, donde las notas iniciales fueron objeto de varación a través de un refinadísmo fraseo, circunstancia  que arrancó espontáneos aplausos y una espléndida ovación final. Fue generoso asimismo, pero sin abusar, de los solos de bajo y batería, en los que Ballard exhibió su magistral, imaginativo y variadísimo dominio de recursos, y Grenadier su genuino saber estar y clase.  
 Las casi dos horas de concierto se cerraron con dos propinas: según mi información se trató de los standards West Coast Blues, de Wes Montgomery y It’s allright with me, de Cole Porter. Y una curiosidad final: en uno de los momentos en que Mehldau se dirigió al público, en un claro inglés se refirió a “estos tiempos de gran incertidumbre en el lugar de donde venimos…” Más explícito no pudo ser. 


BRAD MEHLDAU TRIO

Brad Mehldau piano
Larry Grenadier contrabajo
Jeff Ballard batería

Auditorio Nacional de Música –Sala Sinfónica– Madrid
Domingo 19/02/17   20:00h

                                          

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miércoles, 15 de febrero de 2017

EL PRIMER BEETHOVEN

  Asomarse a las obras primerizas de Beethoven supone emprender un viaje hacia el futuro retrotrayéndonos al pasado inmediato del compositor. Como si diésemos marcha atrás —hacia 1796 por ejemplo— para, sabiendo de donde venimos, contemplar como ya dado el inefable salto que habremos de dar. En dicha expedición la mano del artista nos agarra con firmeza y nos advierte de que el pasado sirve, y seguirá sirviendo siempre, para tan exorbitante trayecto, e incluso se atreve a mostrarnos cosas de ese intacto planeta, listo para ser conquistado.



 Sirva lo anterior como disculpa para introducir un tópico: qué grande era Beethoven. Pero además de serlo, es que lo era desde muy temprano. El genio había madrugado, y nadie, salvo él, estaba al cabo de aceptarlo. Y mucho menos, claro, de entenderlo. Haydn debió de alucinar cuando vio sus primeros pentagramas.
  A propósito de esto se me cruzan dos versos del libro “Ser el canto”, de Vicente Gallego:   

Cerrado veo el trato, canta en mí
toda una eternidad de cumplimiento.

  Y es que la ruta estaba germinalmente trazada. Y qué emoción produce descubrirlo en esas obras de juventud, con el clasicismo afirmado tan a flor de piel que ya está adelantando frutos. Pongamos por caso esa primera sonata para violonchelo y piano, su op.5, nº1. Ya es puro Beethoven: si el recurrente tema del primer tiempo nos siembra la duda, el conclusivo segundo movimiento nos muestra no poco de la orografía de ese nuevo mundo aún incomprendido. Sigue siendo demasiado incluso para hoy. La estupenda violonchelista argentina Sol Gabetta, junto al pianista francés Bertrand Chamayou, abordan la obra con respeto y desenfado, calidez de fraseo y perfilada transparencia. Se ve que llevan bastante tiempo tocando juntos, el sonido está muy pulido, y la emoción aflora cuando debe sin perder el equilibrio: es más, naciendo del propio equilibrio.

  Sin embargo, nunca abandonó Beethoven la estela clásica. Lo mismo que al comienzo de su peregrinar tenía ya el futuro pergeñado, ni siquiera en sus obras más maduras —los últimos cuatetos y sonatas, la Novena Sinfonía, las Variaciones Diabelli— dejó de tener presente cuanto le había precedido, el clasicismo y más atrás, como dando a entender que su idea, su visión, su concepto de la música debía quedar libre de cualquier consideración estacional, para asentarse en un más allá que no sería otro sino el de la absoluta eternidad de su presente. 


LICEO DE CÁMARA XXI

SOL GABETTA, violonchelo
BERTRAND CHAMAYOU, piano

Obras de Schumann, Beethoven y Chopin

AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA | Sala de Cámara | VIERNES 10/02/17 19:30h


© Álvaro César Lara, 2017 - Todos los derechos reservados